Los he visto golpeados, aplastados, quemados, algunos hasta carbonizados, atropellados y desparramados, seccionados, ahogados e hinchados, baleados, acuchillados, asfixiados, mordidos, envenenados, explosionados, estrangulados, congelados... no, no, no, no soy agente de Finisterre, pero creo que ya alcancé la calificación adecuada por si algún día decido cambiar de rubro.
Cuando era estudiante, mis maestros se esforzaban por inculcarme valores como la ética periodística, el respeto a la privacidad, el rechazo al sensacionalismo; nunca me prepararon para tanta sangre, y muchas veces, sus valiosas lecciones se van por la borda.
No recuerdo cuando vi mi primer muerto, pero lo gracioso es que no recuerdo cuando fue el último, y es que son tantos, una vez quise contarlos, pero un colega mucho más experimentado que yo me recomendó no hacerlo o me iba a volver loca.
Los casos han sido memorables, impactantes, algunos conmovedores, otros irrelevantes, clásicos o bizarros. Seguro quieren que les cuente alguno, bueno, bajo su propio riesgo.
Quizás el más chocante que mi memoria me permite evocar es un


Sin embargo, verlos frescos no es tán penoso como ir a sus velorios, el ritual es siempre el mismo, luego de pedir permiso a la familia, es más fácil cuando fueron víctimas de un asesinato o un accidente provocado por un tercero, entrevistamos a los familiares más cercanos, a los amigos, a los testigos, pedimos fotos de quien en vida fue, si tenemos suerte hay un video de algun cumpleanos, se hacen imágenes de las flores, las velas, la ropa, el cajón y listo.
El cajón; confieso que pese a haberlos visto en condiciones terribles, nunca he sido capaz de acercarme a un cajón, sé que no tiene lógica, pero echar un ojo dentro del ferétro es algo que va más allá de mis límites profesionales y personales. Que de donde viene ese recelo? No lo sé, pero hasta ahora mis suenos no se han visto perturbados por alguna visión macabra, supongo que la costumbre ha endurecido mi sensibilidad. Es una pandemia entre periodistas.